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March 12, 2017

10:05 PM

¿De dónde surge tu frustración actual?

Francisco Miraval

En una clase que recientemente tomé y que me ha resultado de mucha ayuda, una de las preguntas que debí responder fue “¿De dónde surge tu frustración actual?” Una corta reflexión me hizo ver que no se pedía una lista de personas o situaciones que me desagradaban, sino identificar la fuente misma de mis frustraciones.

Me molestó, obviamente, que se asumiese que yo estuviese frustrado. Pero, ¿cómo negarse a ver la realidad? Después de todo, todos tenemos o experimentamos frustraciones, grandes o pequeñas, en algún momento de nuestras vidas. ¿Para qué pretender que esas frustraciones no existen? Me parece que una alternativa mejor es encontrar su punto de origen.

Creo que las frustraciones se pueden dividir en tres grandes categorías: con uno mismo (“Justo a mí me tocó ser yo”), con los otros seres humanos (que, en muchos casos, cada vez parecen menos humanos y menos inteligentes), y con el mismo universo (Milan Kundera se quejaba que, de todos los planetas del universo, nos cupo en suerte nacer en el más inexperto, inmaduro.)

Pero, en definitiva, todas las frustraciones tienen su origen en la discrepancia entre lo que nos gustaría que sucediese y lo que la realidad nos presenta, es decir, todas las frustraciones surgen de nosotros mismos. Y eso es frustrante.

Si somos honestos, nosotros somos los causantes de nuestras propias frustraciones al asumir que nuestros deseos y expectativas deben o deberían manifestarse y materializarse tal y como nosotros lo esperamos y que cualquier desviación de ese resultado deseado merece nuestra reacción de desaprobación.

¿Qué alguien se cruzó de carril en la carretera sin avisarlo? Ese conductor no merecería tener licencia. ¿Qué nuestro equipo de fútbol favorito perdió cuando debería haber ganado? El árbitro tiene la culpa. ¿Qué el candidato que no queríamos ganó las elecciones? Todos los votantes carecen de inteligencia.

Y a eso le podríamos sumar las frustraciones que origina el no poder bajar de peso, el no tener suficiente dinero, el no estar contento en el trabajo en el que estamos, el no encontrar una pareja adecuada, y el ver que los otros progresan mientras que uno sigue estancado donde está. En otras palabras, vivimos frustrados.

O, como decía Freud, la sociedad moderna nos mantiene infelices e insatisfechos. Pero, como nunca o casi nunca reflexionamos sobre las raíces profundas de la frustración, nos engañamos a nosotros mismos, buscamos chivos expiatorios, y encontramos razones para justificar la validez ética, moral y práctica de nuestras acciones (incluyendo cambiarse de carril sin anunciarlo.)

Y por eso el ciclo de frustración se repite una y otra vez, ad infinitum, ad nauseam, con cada vuelta de la espiral acelerándose más y más, sin principio y sin final.

En definitiva, el origen de todas mis frustraciones es mi apego a un falso yo, inmaduro, individualista y narcisista que, aunque sin dudas refleja a la sociedad enferma y decadente en la que vivimos, sigue siendo mío y sólo mío.

Y esa ineludible responsabilidad de ser llegar a ser mi verdadero yo me frustra. 

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