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March 26, 2017

9:09 PM

Si la necesidad es la madre de la creatividad, ¿qué genera la pereza?

Francisco Miraval

Recientemente un joven me preguntó cuál era, en mi opinión, la mejor manera de comenzar a estudiar y luego dedicarse a una cierta carrera. Le expliqué brevemente distintas opciones de estudios y le sugerí contactar a alguna empresa de la industria en la que la gustaría trabajar para obtener una pasantía y quizá hasta un mentor. Me miró y me dijo:

“Pero eso es mucho trabajo”.

Admiro la honestidad de este joven, así como su rapidez para determinar que ciertas metas en la vida sólo se logran con trabajo, esfuerzo y dedicación. Su juventud le sirve de excusa para que uno no pueda enojarse con él por su respuesta, ya que seguramente uno hizo lo mismo o algo muy similar cuando uno fue joven (más joven, quiero decir).

Aun así, me llamó poderosamente la atención ese enfoque de ver la montaña y, por eso, no decidirse ni siquiera a dar el primer paso. Me pareció una inaceptable actitud de autoexclusión para alguien con un gran potencial.

Es verdad: no todas las actividades, negocios, carreras, oportunidades o estudios son para todas las personas. A veces, las demandas y exigencias para llegar a una cierta meta van más allá de lo que uno tiene para dar. Pero eso es diferente de ni siquiera empezar a recorrer el camino sólo porque “es mucho trabajo”.

En ocasiones, llegar a la meta significa recorrer un largo camino y, por lo tanto, comprometerse con uno mismo a largo plazo.

Por ejemplo, llegar al templo en la cima de la Montaña Tai (una de las cinco montañas sagradas para los taoístas en China) significa subir una escalara de piedra con más de 7000 escalones para ascender los 1500 metros desde la base de la escalera hasta el templo.

Según un reciente reporte, cada día unos 10.000 turistas intentan subir la “Escalera al Cielo Taoista”, aunque pocos logran esa tarea por sus propios medios y prefieren entonces llegar en autobús hasta la mitad de la escalera y seguir desde allí en cable carril hasta la cima. Lamentablemente, en la vida real esos “atajos” no siempre están disponibles.

Me hubiese gustado comentarle al joven que pidió mi consejo que todo lo que en esta vida realmente vale la pena cuesta, porque, como indica el caso de la escalera en la montaña de China, significa un cambio de nivel y de perspectiva. Si vale la pena o no ese esfuerzo uno sólo lo descubrirá después de haberlo realizado.

Por otra parte, no se necesita casi ningún esfuerzo, ni trabajo ni dedicación para quedarse donde uno ya está. De hecho, no se necesita hacer nada. Y, aunque parezca entre increíble y paradójico, es la opción que mucha gente prefiere, según el reciente estudio La psicología del no querer saber, de Gerd Gigerenzer y Rocío García Retamero.

Quizá la instantaneidad de la vida moderna y nuestra clara falta de voluntad de asumir responsabilidades nos estén privando del viaje de descubrimiento que, como todo viaje, es a la vez un viaje de autodescubrimiento. 

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