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May 22, 2017

8:48 PM

La nieve, la fiesta, la preocupación y el futuro

Francisco Miraval

Una reciente nevada en Colorado, incluso con la primavera ya definitivamente establecida, pareció dividir a los residentes de este estado en dos grupos: aquellos que saben que una nevada en mayo es común en Colorado y, por lo tanto, se prepararon adecuadamente; y aquellos que, por desconocimiento o desidia, prefirieron ignorar el clima y padecieron así algunos contratiempos.

Como dijo un amigo, algunos “se fueron de fiesta y los atrapó la nieve”. Obviamente, no existe nada malo en pasar un buen momento con familiares o amigos. Pero mi amigo no se estaba refiriendo a esos alegres encuentros, sino que usó “fiesta” en el sentido de, a sabiendas o no, abandonar las prioridades para dedicarse a intrascendentes diversiones.

“Fiesta”, en ese sentido, no significa “sana diversión” sino una “riesgosa distracción”, similar a los riesgos que uno asume cuando va conduciendo el carro y se distrae para mirar el teléfono, comer, cambiar la estación de radio y muchos otros motivos.

Y si “fiesta” puede tener un sentido simbólico, “nieve” también lo tiene, ya que el rápido cambio en el clima de Colorado (provocado en gran parte por las altas Montañas Rocosas) puede entenderse como un símbolo de los rápidos e inesperados cambios en nuestra vida, provocados por fuerzas más allá de nuestro control, pero a las que deberíamos prestar atención.

En ese sentido, la “nieve” (los acontecimientos de la vida) arruina la “fiesta” (la vida distraída), pero, en cierta forma, la “fiesta” arruina la vida cuando es solamente un escapismo y no una preparación para lo que pueda venir.

Tanto en la tradición judeo-cristiana como en la grecorromana se afirmaba la necesidad de tomar consciencia de las circunstancias personales (incluyendo el hecho de que, por lo menos en nuestro contexto actual, nuestras vidas no son eternas) para entonces tomar las precauciones del caso.

Y a ese “tomar consciencia de la situación propia” lo llamaban “preocupación” o “cuidado” (“cura” en latín, traducido habitualmente como “care” al inglés). Esa preocupación por uno mismo es normal, saludable y esperable. Y significa algo así como “asumir las responsabilidades que nos corresponde asumir”.

A la vez, las tradiciones mencionadas enfatizan que toda preocupación excesiva (ansiedad, angustia, cuita) puede ser tanto contraproducente como patológica. Por ejemplo, preocuparse demasiado por uno mismo puede llevar a un narcisismo destructor. Y preocuparse demasiado por el futuro puede derivar en quedar paralizado en el momento de tomar decisiones.

Si la preocupación excesiva es peligrosa, la despreocupación excesiva también lo es, como sucede cuando uno se niega a creer que va a caer nieve en Colorado sólo porque ya llegó la primavera.

Aunque resulte paradójico, los antiguos enseñaban simultáneamente que no podemos vivir sin preocupaciones, pero, a la vez, no debemos dejar que esas preocupaciones se apoderen de nuestra vida.

Esas enseñanzas, aparentemente contradictorias una con la otra, si quisiésemos aplicarlas, nos obligan a conocernos tan bien como para llegar a conocer las distintas dimensiones de nuestro verdadero ser. Allí es donde se mezclan la nieve, la fiesta, la preocupación y el futuro. 

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