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August 6, 2017

7:43 PM

Hacerse ver, dar órdenes y exhibir privilegios poco y nada hace para ayudar a otros

Francisco Miraval

Recientemente asistí a un encuentro comunitario en el que residentes de varios vecindarios se reunieron para tratar de resolver un acuciante problema relacionado con limpieza y salud. Como era de esperar, “dirigentes” (por favor, notar las comillas) también se hicieron presentes en el foro, pero no para expresar su solidaridad o respaldo, sino sólo para hacerse ver.

Conozco a muchos de esos dirigentes. Son los mismos que pocas veces salen de sus oficinas, que no responden los llamados o los mensajes, y que se niegan a cooperar con proyectos que ellos no hayan iniciado o que no los involucre directamente a ellos.

Por eso, no me sorprendió verlos en el encuentro comunitario, aunque fue penoso observar que, tras completar sus cortos discursos en los horarios previstos, simplemente se marcharon, indicando así que no tenían deseos ni de escuchar a otros dirigentes ni de escuchar a los vecinos, ni, mucho menos, a quienes tuviesen puntos de vista distintos a los de ellos.

También resultó penoso ver que, en la gran mayoría de los casos, los dirigentes pasaron más tiempo hablando de sus organizaciones, de lo que ellos hacían y de sus logros y “credenciales” que del problema que aqueja a los vecinos que habían convocado a la reunión. Como si eso fuese poco, muchos de los dirigentes ni viven en la zona afectada ni tienen allí ningún contacto.

Además, como para acentuar la necesidad de que toda la atención se enfocase solamente en ellos, algunos dirigentes emplearon varias estrategias no tradicionales en sus discursos, desde recitar poemas, llorar (no dudo de la sinceridad del llanto), leer fechas del calendario, actuar (como en el teatro), presentar versiones alternativas de la historia, y, otra vez, hablar sólo de ellos.

Al final del encuentro, sólo uno o dos de los dirigentes que habían llegado para hablar aún se mantenían en el recinto. Claramente, quienes se fueron no estaban interesados ni por un instante en escuchar respuestas o comentarios o en proponer soluciones.

Simplemente se fueron, aunque al día siguiente con seguridad regresaron a sus oficinas para una vez autodenominarse “voceros” o “líderes” o “representantes” de la comunidad. Aún peor, muchos de ellos fueron aplaudidos (un aplauso de respaldo) al salir de la reunión. Una verdadera pena.

Y también una importante organización me invitó a participar de un proyecto de “ayuda a la comunidad”. Hasta insistieron que estaban dispuestos a “aprender” como hacer un proyecto comunitario. Eso sí, todas las reuniones serían en sus oficinas y mi contacto sería la persona más joven y más nueva de la organización, quien me “supervisaría”.

Para agravar la situación, esa persona (literalmente en su primera semana de su primer trabajo de tiempo completo) evaluaría mi desempeño durante varios meses para determinar si mi educación y experiencia me permitirían ser o no parte del proyecto. Y, como era de esperar, no había presupuesto para pagarme. Además, se enojaron cuando les dije que no.

“Señor, líbranos del malo”, sigo rezando. ¿Quieres realmente ayudar a tu comunidad? Líbrala de tus ideas. 

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