Subscribe to Journal

August 20, 2017

9:00 PM

A veces, la normalidad dice más que cualquier marcha o protesta

Francisco Miraval

Los recientes incidentes en Estados Unidos y en España, sumados a tanto otros incidentes en tantos otros lugares en el presente y en el pasado, nos recuerdan cuán difícil es fomentar una convivencia positiva entre distintos grupos cuando uno de esos grupos, cualquiera que fuese su origen o ideología, se niega siquiera a reconocer la humanidad en los otros.

Y, los incidentes, precisamente por el daño y la muerte que causan, acaparan la atención de los medios y de los políticos. Pero nada acapararía tanto la atención de nadie si no fuese precisamente porque se trata de una excepción y no de algo normal.

Si todos los días hubiese un eclipse (algo que seguramente sucede en algún exoplaneta) probablemente después de un cierto tiempo ya no saldríamos a verlo, por considerarlo algo normal. Dicho de otra manera, como alguna vez les expliqué a mis estudiantes de periodismo, “Hoy no se cayó ningún avión” no es noticia.

Esto significa que cuando las relaciones interétnicas son positivas, frecuentes, normales y beneficiosas, eso no es noticia. No se le dedican horas en los medios de comunicación. No hay paneles de expertos (reales o ficticios) analizando el tema desde todos los ángulos posibles.

Pero la normalidad existe y la he visto y vivido una y otra vez. Por ejemplo, hasta hace un par de años trabajé en un proyecto educativo del que participaban jóvenes de 53 países, hablando en total cerca de 40 idiomas distintos y representando casi todas las religiones, culturas y pensamientos políticos. En ese contexto, la diversidad era la norma, y nadie se quejaba.

Es cierto que en algunos momentos surgían “fricciones” basadas en distintas percepciones culturales y en otros casos esas diferencias llevaban a risueñas circunstancias. Pero todo funcionó bien durante años hasta que alguien, no de un grupo “minoritario”, decidió que todo debía hacerse de una cierta manera (la suya) y todos deberían hablar un cierto idioma (el suyo). En poco tiempo, el proyecto terminó.

Pero no hace falta ser parte de un proyecto para experimentar y disfrutar de interacciones positivas con diversos grupos étnicos. Basta ir al supermercado, donde una cajera es una señora de África y otra es una adolescente blanca. Y el gerente de turno, un afroamericano, le da instrucciones a un empleado hispano. O al revés.

Hubo una época, que terminó ya hace años, cuando era raro ver a un mexicano en un restaurante coreano o a un coreano en un restaurante mexicano, pero ya no lo es. Los restaurantes con comida de la India o de Nepal no son sólo para personas de esos países. Y ni que hablar de los festivales donde la comida, la música, los idiomas, las culturas y los colores se mezclan con normalidad.

Quienes no marchan, no portan antorchas, no levantan sus brazos extendidos y no gritan en la cara de otros quizá no conquisten la primera plana de los medios o la atención de los políticos. Pero su mensaje es profundamente transformador porque no lo proclaman: lo viven. 

0 total comments.

There are no comments to this entry.