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November 19, 2017

8:38 PM

Cuando el pasado colisiona con el futuro, el resultado es imprevisible

Francisco Miraval

Recientemente se informó que en un aeropuerto provincial de China arrestaron a una anciana de 83 años por tratar de destruir un avión. Y aunque la anciana no logró su cometido y eventualmente quedó en libertad, sus acciones causaron daños menores a la aeronave y varias horas de retraso a indignados pasajeros.

Pero, ¿cómo puede una anciana destruir un avión? Según la historia, era la primera vez que la anciana iba a volar en avión en un viaje, organizado por su familia, para visitar a otros familiares. Y, por tratarse de un aeropuerto secundario (aparentemente sin las medidas de seguridad de grandes aeropuertos), los bolsillos de los pasajeros no se revisaron adecuadamente.

Además, en ese lugar se sube al avión usando las escaleras tradicionales, aquellas que se desplazan a mano sobre la pista de aterrizaje hasta conectarlas con la puerta del avión. Y a subir por esa escalera, la anciana hizo lo que ella siempre había hecho toda su vida antes de emprender un viaje: arrojar al aire nueve monedas para que los dioses la protejan durante el viaje.

Pero en este caso cinco de las nueve monedas cayeron dentro de uno de los motores del avión, lo que hubiese causado grandes daños a la turbina si esa turbina hubiese comenzado a girar a la velocidad necesaria para el despegue, con grandes riesgos para la aeronave y sus pasajeros.

Por eso, la anciana fue arrestada y el avión cuidadosamente revisado. Sólo cinco horas después, la anciana quedó libre y el avión reparado, por lo que el vuelo pudo comenzar. La noticia no dice cómo terminó, pero asumo que todo terminó bien tanto para la anciana como para su familia.

Pero, más allá de la anécdota, ese choque entre el pasado y el futuro, entre las tradiciones y la tecnología, entre lo que siempre hicimos y lo que ahora debemos hacer, muestra el peligro que presenta aferrarse al pasado en presencia del futuro, ya que, en ese encuentro, uno y otro pueden ser destruidos.

Recuerdo haber leído historias sobre personas del siglo 19 destruyendo los primeros fonógrafos pensando que aparatos para escuchar las voces de los muertos, o llevando a la corte a los fotógrafos acusándolos de fotografiar a “espíritus”.

Y se conoce la historia de aquellas personas en Francia quienes, al ver una de las primeras películas jamás creadas en las que aparecía un tren en movimiento, salieron horrorizadas del cine pensando que estaban a punto de ser arrolladas por un tren verdadero. Y también he leído historias de personas que, nunca antes habiendo visto un televisor, arrojaron agua al televisor al ver en la pantalla la imagen de un incendio.

Seamos claros: en el mundo actual de avances tecnológicos inimaginables para muchos de nosotros, nosotros estamos tan desconectados de ese mundo como la anciana antes mencionada de los aviones. Nuestras ideas y costumbres, aunque tradicionales y bien intencionadas, no necesariamente nos sirven para entrar en la nueva época. Y en ese inevitable conflicto, el ganador es casi siempre impredecible. 

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