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May 14, 2017

11:36 PM

“¿Me puede ayudar? No sé dónde estoy o a quien llamar.”

Francisco Miraval

Una reciente tarde dedicada a arreglar el jardín de mi casa cobró un giro inesperado cuando un anciano, a quien nunca había visto antes, se acercó con cara de preocupación y me dijo: “¿Me puede ayudar? No sé dónde estoy ni a quien llamar”.

Tras presentarse con nombre y apellido, el hombre, claramente entrado en años, me comentó que esa tarde tenía una reunión por la jubilación de su hija mayor y que su hijo iba a pasar a buscarlo. En su ansiedad de esperar al hijo, salió de la casa hasta la vereda. La puerta se cerró y el anciano se quedó sin poder reingresar a su vivienda, donde estaban sus llaves y su teléfono.

Como ninguno de los vecinos cercanos le abrió la puerta para ayudarlo, siguió caminando hasta encontrarse conmigo. Para ese entonces, sus nervios y ansiedad le impedían incluso decir claramente el nombre de sus hijos o donde vivía.

Llevó algunos minutos calmarlo y otros minutos más hasta que recordó el nombre y el teléfono de una persona amiga. Un par de llamadas permitieron reconectarlo con su hijo y pocos minutos después el inesperado inconveniente ya había sido felizmente solucionado.

Sin embargo, toda la situación me hizo pensar en cuántas veces al alejarnos sólo unos pocos pasos de aquel lugar en el que nos sentimos seguros, las puertas se cierran repentina e inesperadamente y allí nos quedamos: solos, confundidos y sin saber a quién acudir.

A veces escuchamos detrás de nosotros cómo se cierra con un fuerte golpe la puerta del empleo, o de las finanzas, o de la salud, o de aquella oportunidad que tanto deseábamos y por la que tanto trabajamos. Y allí estamos, afuera y en la calle, con todo lo que somos y poseemos separado de nosotros, sin tener a quién llamar.

Deambulamos entonces de aquí para allá golpeando puertas, pero ninguna se abre. Pedimos ayuda, pero nadie la ofrece. Solamente queremos escuchar una voz familiar, hablar con alguien que nos entienda, pero ni siquiera sabemos cómo hacerlo porque estamos, literal y figurativamente, perdidos.

De hecho, la experiencia con este anciano me llevó a reflexionar en la primera pregunta que aparece en el texto de las escrituras hebreas cuando Dios le pregunta al hombre: “¿Dónde estás?” (que, más que una pregunta sobre coordenadas geográficas, es una pregunta existencial: ¿Cómo estás?)

Como alguien acertadamente indicó, nos pasamos la vida entera tratando de responder a esa pregunta de dónde y cómo estamos realmente dentro de nosotros. Podemos jugar a ignorar la pregunta, pero tarde o temprano, la divinidad nos obliga a enfrentarnos con esa pregunta, o las circunstancias de la vida, o nosotros mismos.

Y entonces, como en las mencionadas escrituras, respondemos “Tuve miedo”, como claramente lo tenía el anciano con quien me encontré. De hecho, las puertas cerradas, la pérdida del paraíso, son experiencias aterradoras que en muchos casos resultan ineludibles.

¿Cuán preparados estamos para guiar a quienes se nos cruzan “casualmente” en nuestro camino para que ellos se reencuentren con ellos mismos? 

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