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June 4, 2017

9:46 PM

Esa fea “enfermedad” de nunca alcanzar nuestro verdadero potencial

 

Francisco Miraval

Cuenta una antigua leyenda que el verdadero castigo en el infierno no será un interminable tormento físico, sino un interminable tormento psicológico, el de estar parados por toda la eternidad frente a una imagen de lo que hubiésemos podido llegar ser, pero no lo fuimos porque nunca nos decidimos a serlo.

Dejando de lado toda cuestión teológica, la enseñanza es clara: lo que nos “condena” es seguir siendo lo que somos en vez de llegar a ser lo que deberíamos y lo que podemos ser. Dicho de otra manera, quedamos “condenados” por no alcanzar nuestro potencial.

Nietzsche describía esa situación propia de los seres humanos de mostrar gran potencial, pero nunca alcanzarlo, con una sola palabra: “enfermedad”, como queriendo indicar cierta fatalidad inicial que nos mantiene atrapados en el “ser” y que, por eso mismo, nos aleja del “llegar a ser”.

Más allá de toda filosofía, lo cierto es que una de las grandes frustraciones de la vida es precisamente la de ver en otros y, a veces, en uno mismo, esa discrepancia, ese abismo, entre el potencial que alguien tiene y lo que luego esa persona muestra y logra en su vida.

Uno se pregunta por qué, a pesar de las oportunidades, de los estudios, de los contactos, y de tantos otros factores positivos y beneficios, algunas personas simplemente desperdician su potencial. Y, dicho sea de paso, lo que les sucede a las personas de manera individual también les sucede a las culturas, las sociedades, los países y, podríamos decir, a la humanidad toda.

Una posible respuesta es el hecho de que, como dijo Víctor Hugo, podemos batallar contra un ejército, pero no podemos batallar contra las ideas. Cuando las ideas nos invaden, muchas veces no sabemos cómo reaccionar y antes que nos demos cuenta esas ideas ya nos han conquistado, casi sin resistencia.

Por eso, asumimos, por ejemplo, que cierto idioma es mejor que otro, o que cierta cultura es superior a la otra, o que cierto grupo de personas, solamente por poseer ciertas características físicas, son más inteligentes que otros.

Y si uno no hablar ese idioma “privilegiado”, ni pertenece a una cierta cultura, ni posee ciertas características físicas, entonces uno mismo tiende a autoexcluirse de toda oportunidad y, como consecuencia, de tratar de alcanzar el verdadero potencial que uno tiene, sin importar los talentos innatos que uno posea ni los ruegos de padres, maestros o amigos.

En otras palabras, las ideas de otros nos conquistaron y lo hicieron sin nuestro permiso ni nuestra consciencia, porque esas ideas nos invaden desde la temprana infancia, cuando, en el nombre de la “educación”, se “normalizan” nuestros pensamientos, se corrige nuestra conducta y se recorta y controla nuestra creatividad.

Luego, ya adultos, aceptamos esas ideas impuestas y autoimpuestas como si fuesen las únicas posibles, las verdaderas, las auténticas, sin jamás comprender la “enfermedad” (en el sentido de Nietzsche) que hemos contraído. Quizá entonces, debido a nuestra propia pasividad y cobardía, nos merezcamos nunca llegar a ser lo que podríamos ser. 

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